lunes, 13 de marzo de 2017
Inside
La capacidad de reacción del ser humano ante situaciones difíciles consta, en mi opinión, de dos partes bien diferenciadas: la parte común, aquella que se activa de la misma forma en todas las personas como método de defensa, simplemente como respuesta ante algo que nos perturba o que nos inquieta. Luego está la parte específica o personal, esa que es propia de cada individuo en función del problema que se esté sucediendo. Esta varía en función del grado de complejidad de esas situaciones y de la propia forma de ser de cada uno, englobando multitud de respuestas de todo tipo. Dicho esto, todos tenemos la capacidad por naturaleza de adoptar una postura u otra dependiendo del ambiente en el que estemos inmersos o del problema que tengamos en frente. Ahora bien, cuando esto es algo continuo pasa que, como cualquier ejercicio intenso, el cual te agota físicamente, te acabas cansando, desistes, tu mente llega a un punto en que no puede avanzar de ninguna otra manera. El problema es que la recuperación posterior a este tipo de circunstancias es complicada y lenta, y obviamente si no cesa el persistente ataque, nunca termina de sanar. Las personas somos más frágiles de lo que aparentamos, y es la psique la que más sufre de todas las facultades que engloba nuestro cuerpo. Y con esta breve introducción de la concepción que personalmente tengo acerca de estas situaciones es como mejor puedo explicar el estado en el que ahora mismo me encuentro. El nivel de agobio que sobrellevo es mucho mayor del que creo que pueda aguantar y me estoy quemando por dentro, me estoy agotando cada vez con más rapidez. Es cierto que el hecho de haber sufrido episodios complicados ha creado que tenga una cierta resistencia ante esto, pero siempre llega el punto en el cual no existe capacidad de lucha. No puedo más, y no porque no quiera, si no porque mentalmente estoy exhausta, sin energía. Estoy en un momento de mi vida en que necesito aquello de lo que más carezco, y por más que busco e intento conseguirlo, esto decide huir y seguir escondido, sin liberarse de aquello que lo ata y que, sin darse cuenta, lo está separando de mi. Ocurre entonces que uno se empieza a acostumbrar y comprende que no puede depender de algo que no pelea por quedarse, que ve que lo difícil es entender y lo sencillo, atacar. Y con esto no quiero referirme a un ataque dañino o en si doloroso, si no a negarme la confianza, el amor, la paciencia y la comprensión que se que puede darme. No descarto que se desconozca el efecto de sus actos sobre mi ser, se de primera mano que es complicado saber llevarme, siendo igual de fácil mantenerme. Por tanto, tenerme es sencillo si ya me tienes ganada: tan solo entiende, habla y apoya, y todo lo demás seguirá su curso por sí mismo. Pero se terminaron los reproches y las reacciones desmedidas porque de no ser así, y con todo el dolor de mi alma, prefiero vivir con una decepción que morir por una causa perdida.
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