jueves, 22 de junio de 2017

Descontrol.

No sé si soy yo la incomprendida o quien en verdad no comprende. Ya no es confusión lo que en mi predomina, sino un estado de frustración que va en aumento. El hecho es que por más que trato de explicar de la mejor manera posible lo que siento, o lo que creo, más locura parece lo que relato. Quizás seré yo que no estoy en plenas facultades. Quizá son los demás, que no ven más allá de su propio entendimiento y experiencia. Podría acusarme y culparme de forma directa pero sé que en si eso no sería ni justo, ni cierto. La experiencia me ha hecho comprender que posiblemente no soy yo quien esté tan equivocada, que puede ser que a quien decida contarle o preguntarle no se ponga en mi piel. Digamos que sería lo más factible. Ocurre que, cuando el vaso se ha colmado y derribado, derramas todo con la persona que más cerca esté o en la cual primero piensas, y es entonces cuando te das cuenta de que no todo lo que cuentas son cosas incomprensibles. La regla es la misma: tu te machacas por no judgar, por no discriminar, por ser justa y por ser empática, pero no recibes las mismas consideraciones. Siempre eres tú la que no entiende, la que piensa y obra mal, la que no comprende a esa persona. Ocurre que quién más debería animarte es quien más te descoloca, producto de un egocentrismo puro y de una capacidad de empatía nula, cuya frase dominante es: "lo mío está bien, lo tuyo no, no te lo digo pero sí lo pienso". Y es aquí cuando de nuevo soy mala por pensar de esta manera, vaya disparates que se me vienen a la cabeza. Voy con los hechos y los argumentos, soy de las que creen que mis pensamientos malvados están fundamentados. Así, por ejemplo, digamos que se me corrige porque hago algo mal pero mi acusador maestro lo realiza aún peor, yo lo modifico pero no tengo ni voz ni voto para corregirlo a él, no es verdad lo que digo. O se me acusa de no cambiar mi actitud pero la suya solo empeora, de no colaborar cuando él no lo corresponde o no lo ve, de ofrecerme y solo sacar pegas, de yo tener que aceptar lo que me pasa sin quejarme pero él tener la total libertad de protestar porque eso sí está justificado. Mala soy yo de decir lo que es evidente, o no entender las dagas que en ocasiones sueltas por esa boca divina. Injusta soy por no comprender que necesitas tu espacio y tus amistades, cuando en mi postura no es lo mismo. Pesada soy por no callarme e intentar hablar contigo, sacar una conclusión, ponernos de acuerdo e intentar que no haya ganadores ni que ninguno sea más que el otro, que todo sea un consenso en la medida de lo posible. Víbora soy por decirte lo que pienso y perder ocasionalmente los nervios cuando parece que todo lo que digo son idioteces, por decirte mi opinión de las mejores maneras posibles y por tratar de hacerte un poquito menos frío. Egoísta por querer que compartamos momentos con los pocos miembros de mi familia a los cuales tengo aprecio, y que esto sea juntos, al igual que yo lo hago con todo el amor del mundo aunque haya ocasiones en que me sienta de menos o no sepa actuar. Sé que cometo muchos errores y te pido disculpas por ellos, del mismo modo que te ruego que me perdones mis arrepentimientos por ellos, mis ilusiones de estar contigo y crecer juntos, mis ganas de abrazarte, mis faltas de autoestima, mi mal humor, mi desorden, mi esfuerzo por corregirlo, los fallos que intento no cometer y mi forma de ser, en definitiva, todo aquello que te cansa de mi. Hay ocasiones en que me dices que me vuelvo excesivamente agotadora pidiéndote demostraciones o palabras bonitas cuando sé de sobra los sentimientos que tienes hacia mi. Pues bien, aquí tienes los motivos por los cuales yo puedo dudar. Con esto no quiero desprestigiar los detalles, pocos pero importantes, que en ocasiones tienes. El problema está en que cuando tu forma de ser deja tanto que desear, todas esas muestras de cariño acaban siendo desplazadas. Echo la vista atrás a hace más de dos años, y no veo rastro de mi. He cambiado mucho, y la mayor parte de estas modificaciones las has llevado a cabo tú. Y ahora bien, ¿y tú? ¿Has mejorado algo de lo que tantas veces te he pedido?
Pero discúlpame, soy yo la que no te entiende, mi frustación, por lo que parece, no tiene justificación.

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