miércoles, 19 de diciembre de 2018

Miedo

Hablo más conmigo misma que con la gente que me rodea. Soy la chica de la imaginación brillante y constante, poseída por el afán de ser siempre más de lo que soy. Mantengo un diálogo con mi yo interno de forma rutinaria, como si quisiese encontrar una respuesta a cada pieza de mi ser. Me guardo tanto por no poder expresar mucho, incontinencia mental para tanta retención verbal. Imposibilidad de explicar lo que siento si no soy capaz de poner nombre a mis miedos.
Miedo.
Me posee. Me condiciona. Está detrás de cada uno de mis actos, de mis sentimientos y pensamientos. Es el fantasma del camino, el que me susurra que no lo haga porque será una decepción. Otra más. Miedo de volver a los infiernos.
A fracasar y caer de nuevo. A que me hundan otra vez. He rozado el abismo más veces de las que podría contar. A veces me cuesta incluso recordar el motivo, esclarecer el porqué de todo. Quizás es que no hay una causa ni un motivo concreto, soy yo misma, que me dejo empujar. Puede que el golpe sea demasiado duro, que la tormenta azote con demasiada fuerza. No se es fuerte si las raíces no son firmes, y las mías no tienen ni un solo anclaje entre ellas. Me han roto y me reconstruí, no por un motivo, sino por una necesidad. Esas costuras no son sólidas, todo lo contrario, son frágiles. Es complicado sellar una herida cuando no dejan de tocarla, cuando estas constantemente entre extremos, pidiendo estabilidad.
Miedo a hablar por miedo a la soledad.
Tengo la parábola perfecta y la moraleja adecuada en esta historia. De nada sirve si no se cuenta, lo sé. También sé que no es sencillo abrirte en canal, pues dejas al descubierto zonas de riesgo. El epicentro de un terremoto demoledor, el más alto de cualquier escala. Valiente aquel que grita a todo el mundo el más ferviente de sus secretos, aún sin saber donde están sus enemigos. Temo lo que soy por lo que eso me ha ocasionado en numerosas ocasiones. He sido mala para el mismísimo diablo, aún viviendo en el infierno. La hipocresía ha hecho ricos a muchos porque sepulta la inocencia, el realismo, la empatía y la sana realidad. Y así es como el justo paga por pecador. Así es como se quiebra hasta el más duro material. El poder de las palabras es lo más hiriente de este mundo. Nunca me han agredido de manera física pero me he sentido destruida, rota y malherida. Lo peor es que no se entiende el problema cuando el rasguño no se ve.
Muchos daños para tan pocos años, muchos años de daños para poder librarme de tantos miedos.
El circulo no se rompe, no de momento.
Es necesario librarse de las cadenas. El problema está cuando los eslabones de esa cadena son al mismo tiempo, una parte de mi. Entonces estás en medio de una constante tensión, entre la brisa que tira de ti para liberarte y el huracán en el que creciste.
Me encantaría volar. Desaparecer. Solo me ata mi futuro y ese pedazo de vida que vio lo bonito y puro de mi. Esa parte libre de rencor y pena. Y de nuevo, el miedo.
Miedo a dañar.
Temor de herir a quien no debe pagar los platos rotos de un alma dañada. Es muy sencillo manchar la luz con la oscuridad tan densa que mana de mí. Sin embargo, es extremadamente difícil mantener al margen una realidad que te acompaña de forma diaria, más aún cuando es capaz de ver a través del muro que construyes a diario. Ser inestable desestabiliza tu entorno a menos que este sea inquebrantable y no tengo la total certeza de que el mío sea así. Temo perder lo que quiero de verdad y eso es una realidad. No se si alguien habrá sentido alguna vez esa sensación por mi pero tampoco lo deseo. Quien me respeta y valora de verdad debería saber que nunca me iré, y yo cuando prometo lo hago poniendo la mano en el fuego. Tendría que confiar en la reciprocidad pero cuando hasta las personas que te trajeron a este mundo te fallan cuesta tener fe al 100%. Es el cuento de nunca acabar.  Dejarse caer ciegamente no depende de nadie más que de mi misma. Me gustaría perder el miedo a darme la vuelta y ver que nadie me sigue. Confío en que algún día lo haré y, sobre todo, que todas las personas que dijeron darme la mano sigan regalándome sus caricias.
Por eso ya no me valen las promesas, porque lo único que me demuestra algo es la constancia y la transparencia.
Por eso se que quiero muchos años más.
A veces me gustaría haber tenido una vida normal. Luego pienso en que no estaría donde estoy de no haber hecho este recorrido. Y si bien he pasado y sigo pasando cosas malas, también gané personas más bonitas y relucientes que muchos males.
Solo necesito ver la parte buena de las cosas más a menudo. O siempre, si fuese posible.
Todo pasa, en algún momento. Solo se debe ser paciente y aguantar todo el camino.

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