miércoles, 19 de julio de 2017

Si no lo suelto, estallo. Mi límite roza sus niveles más altos y tanta contención no me hace bien. La realidad que vivo parece una historia de ciencia ficción, donde todo se basa en buenas caras, contestaciones acertadas y actos de buena fe. Toca callarse la frustración, las ganas de llorar, la procesión interna y el sin vivir que sufro diariamente por numerosos factores que, si me diese por explicarlos, harían de esto un texto infinito. Callo por no complicar las cosas e igualmente tampoco serviría de mucho hablar, eso ya lo tengo comprobado. Mis palabras caen en saco roto, logran en el objetivo el mismo efecto que si el receptor fuese una pared totalmente rígida. Siendo claros y sinceros, me he plantado una fachada de sumisión, alegría y frialdad escondida que en ciertas ocasiones resulta útil: menos explicaciones, menos problemas. Me gustaría poder lograr que esta se mantuviese siempre, y que dieses sus frutos, pero cada vez pierdo más la esperanza. Intento agradar y parece que continuamente algo falla y eso me va hundiendo lentamente. Simplemente me entran unas ganas infinitas de mandarlo todo a la mierda de una buena vez, ahorrarme todo esto. Me prometí a mi misma una vez que no iba a volver a sufrir por una persona y lo vuelvo a hacer. Nadie se imagina que esté así porque nadie sabe nada, cada vez me abro menos a la gente, cada vez doy menos cariño, cada vez soy más independiente. En cierto modo me estoy preparando para que, si esto no mejora, pueda seguir adelante y no sienta ese terrible síndrome de abstinencia que ya padecí antes. En estos instantes solo se que necesito cariño, amor, cercanía, besos de verdad y no con un fin. Cargo con una carga a mis espaldas que me está doblando, y yo no tengo fuerzas para tanto. Mi capacidad de aguante para las malas formas, las contestaciones decadentes, la frialdad, el desprecio y el poco cariño está llegando al borde del colapso. Pero no quiero ceder, el amor que le tengo no me deja hacerlo, y eso es lo que más de carcome por dentro: que anteponga mis sentimientos a mi propia estabilidad emocional.

jueves, 22 de junio de 2017

Descontrol.

No sé si soy yo la incomprendida o quien en verdad no comprende. Ya no es confusión lo que en mi predomina, sino un estado de frustración que va en aumento. El hecho es que por más que trato de explicar de la mejor manera posible lo que siento, o lo que creo, más locura parece lo que relato. Quizás seré yo que no estoy en plenas facultades. Quizá son los demás, que no ven más allá de su propio entendimiento y experiencia. Podría acusarme y culparme de forma directa pero sé que en si eso no sería ni justo, ni cierto. La experiencia me ha hecho comprender que posiblemente no soy yo quien esté tan equivocada, que puede ser que a quien decida contarle o preguntarle no se ponga en mi piel. Digamos que sería lo más factible. Ocurre que, cuando el vaso se ha colmado y derribado, derramas todo con la persona que más cerca esté o en la cual primero piensas, y es entonces cuando te das cuenta de que no todo lo que cuentas son cosas incomprensibles. La regla es la misma: tu te machacas por no judgar, por no discriminar, por ser justa y por ser empática, pero no recibes las mismas consideraciones. Siempre eres tú la que no entiende, la que piensa y obra mal, la que no comprende a esa persona. Ocurre que quién más debería animarte es quien más te descoloca, producto de un egocentrismo puro y de una capacidad de empatía nula, cuya frase dominante es: "lo mío está bien, lo tuyo no, no te lo digo pero sí lo pienso". Y es aquí cuando de nuevo soy mala por pensar de esta manera, vaya disparates que se me vienen a la cabeza. Voy con los hechos y los argumentos, soy de las que creen que mis pensamientos malvados están fundamentados. Así, por ejemplo, digamos que se me corrige porque hago algo mal pero mi acusador maestro lo realiza aún peor, yo lo modifico pero no tengo ni voz ni voto para corregirlo a él, no es verdad lo que digo. O se me acusa de no cambiar mi actitud pero la suya solo empeora, de no colaborar cuando él no lo corresponde o no lo ve, de ofrecerme y solo sacar pegas, de yo tener que aceptar lo que me pasa sin quejarme pero él tener la total libertad de protestar porque eso sí está justificado. Mala soy yo de decir lo que es evidente, o no entender las dagas que en ocasiones sueltas por esa boca divina. Injusta soy por no comprender que necesitas tu espacio y tus amistades, cuando en mi postura no es lo mismo. Pesada soy por no callarme e intentar hablar contigo, sacar una conclusión, ponernos de acuerdo e intentar que no haya ganadores ni que ninguno sea más que el otro, que todo sea un consenso en la medida de lo posible. Víbora soy por decirte lo que pienso y perder ocasionalmente los nervios cuando parece que todo lo que digo son idioteces, por decirte mi opinión de las mejores maneras posibles y por tratar de hacerte un poquito menos frío. Egoísta por querer que compartamos momentos con los pocos miembros de mi familia a los cuales tengo aprecio, y que esto sea juntos, al igual que yo lo hago con todo el amor del mundo aunque haya ocasiones en que me sienta de menos o no sepa actuar. Sé que cometo muchos errores y te pido disculpas por ellos, del mismo modo que te ruego que me perdones mis arrepentimientos por ellos, mis ilusiones de estar contigo y crecer juntos, mis ganas de abrazarte, mis faltas de autoestima, mi mal humor, mi desorden, mi esfuerzo por corregirlo, los fallos que intento no cometer y mi forma de ser, en definitiva, todo aquello que te cansa de mi. Hay ocasiones en que me dices que me vuelvo excesivamente agotadora pidiéndote demostraciones o palabras bonitas cuando sé de sobra los sentimientos que tienes hacia mi. Pues bien, aquí tienes los motivos por los cuales yo puedo dudar. Con esto no quiero desprestigiar los detalles, pocos pero importantes, que en ocasiones tienes. El problema está en que cuando tu forma de ser deja tanto que desear, todas esas muestras de cariño acaban siendo desplazadas. Echo la vista atrás a hace más de dos años, y no veo rastro de mi. He cambiado mucho, y la mayor parte de estas modificaciones las has llevado a cabo tú. Y ahora bien, ¿y tú? ¿Has mejorado algo de lo que tantas veces te he pedido?
Pero discúlpame, soy yo la que no te entiende, mi frustación, por lo que parece, no tiene justificación.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Game over.

Colapsé, llegué a mi límite como hacía mucho que no me pasaba. El nivel de agobio que tengo es tal que no me siento ni con la capacidad de lograr los objetivos que me puse, sinceramente y aunque me horrorice reconocerlo, ahora mismo lo único que quiero es tirar la toalla, mandarlo todo a la mierda, terminar con esos sueños locos que me traen de cabeza y dedicarme a lo que aparezca, rondar de lado a lado amoldándome a lo que me ofrezcan. Vida infeliz pero sencilla. No me siento capaz de seguir adelante porque no creo que sea apta para ello, siempre fallo, siempre caigo y pocas veces cumplo con las expectativas que me cuelgan. No voy a engañar a nadie, no soy tanto como intento aparentar ni consigo agradar a quien más me importa, frustración que me carcome internamente como si del más puro ácido se tratase. Creo que no hay sensación peor que sentir que no eres suficiente ni para ti ni para las personas que quieres, que no eres valida para satisfacer los requerimientos básicos que toda persona socialmente sana necesita. Reconozco que todas las carencias y dolencias pasadas siempre me van a pasar factura, y que mi autoestima nunca va a volver a ser lo que era, pero si quien más ha aportado a su recuperación desaparece de manera progresiva parece que la cicatriz se vuelve a avivar. Tonta de mí que permití que alguien pudiese hacerme daño, de mala persona por mi parte intentar cargar a nadie con la procesión que acarreo a mis espaldas. No necesito ni besos, ni abrazos ni caricias constantes, eso no determina el cariño, lo hacen las palabras, los actos, las miradas y los detalles, esas peculiaridades que te recuerdan porqué elegiste seguir ese camino y porqué no te vas a desviar del mismo en lo que te queda de vida. Volveré a parecer una estúpida, pero lo que más me duele es que siempre he querido hacerle feliz y siento que jamás lo voy a conseguir porque tengo esa sensación de que no voy a poder ser quién quiere que sea, ni actuar como pretende que lo haga ni pensar como desea que piense. Seré impulsiva, testaruda, pesimista y cualquier adjetivo que me quieran sumar a la lista, pero soy muy sentida y todo lo que hago, lo hago de corazón.
No quiero continuar así puesto que no encuentro fuerzas para luchar, pero hay algo en lo más profundo de mi ser que no me deja parar. Solo pido que lo que tenga que ser, sea, y lo que tenga que venir o irse, que lo haga, pero que no siga dando vueltas a mi alrededor sin saber que se avecina. Hay veces adelantarse a los hechos sirve de buena barrera.

lunes, 13 de marzo de 2017

Inside

La capacidad de reacción del ser humano ante situaciones difíciles consta, en mi opinión, de dos partes bien diferenciadas: la parte común, aquella que se activa de la misma forma en todas las personas como método de defensa, simplemente como respuesta ante algo que nos perturba o que nos inquieta. Luego está la parte específica o personal, esa que es propia de cada individuo en función del problema que se esté sucediendo. Esta varía en función del grado de complejidad de esas situaciones y de la propia forma de ser de cada uno, englobando multitud de respuestas de todo tipo. Dicho esto, todos tenemos la capacidad por naturaleza de adoptar una postura u otra dependiendo del ambiente en el que estemos inmersos o del problema que tengamos en frente. Ahora bien, cuando esto es algo continuo pasa que, como cualquier ejercicio intenso, el cual te agota físicamente, te acabas cansando, desistes, tu mente llega a un punto en que no puede avanzar de ninguna otra manera. El problema es que la recuperación posterior a este tipo de circunstancias es complicada y lenta, y obviamente si no cesa el persistente ataque, nunca termina de sanar. Las personas somos más frágiles de lo que aparentamos, y es la psique la que más sufre de todas las facultades que engloba nuestro cuerpo. Y con esta breve introducción de la concepción que personalmente tengo acerca de estas situaciones es como mejor puedo explicar el estado en el que ahora mismo me encuentro. El nivel de agobio que sobrellevo es mucho mayor del que creo que pueda aguantar y me estoy quemando por dentro, me estoy agotando cada vez con más rapidez. Es cierto que el hecho de haber sufrido episodios complicados ha creado que tenga una cierta resistencia ante esto, pero siempre llega el punto en el cual no existe capacidad de lucha. No puedo más, y no porque no quiera, si no porque mentalmente estoy exhausta, sin energía. Estoy en un momento de mi vida en que necesito aquello de lo que más carezco, y por más que busco e intento conseguirlo, esto decide huir y seguir escondido, sin liberarse de aquello que lo ata y que, sin darse cuenta, lo está separando de mi. Ocurre entonces que uno se empieza a acostumbrar y comprende que no puede depender de algo que no pelea por quedarse, que ve que lo difícil es entender y lo sencillo, atacar. Y con esto no quiero referirme a un ataque dañino o en si doloroso, si no a negarme la confianza, el amor, la paciencia y la comprensión que se que puede darme. No descarto que se desconozca el efecto de sus actos sobre mi ser, se de primera mano que es complicado saber llevarme, siendo igual de fácil mantenerme. Por tanto, tenerme es sencillo si ya me tienes ganada: tan solo entiende, habla y apoya, y todo lo demás seguirá su curso por sí mismo. Pero se terminaron los reproches y las reacciones desmedidas porque de no ser así, y con todo el dolor de mi alma, prefiero vivir con una decepción que morir por una causa perdida.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Hay días que todo cuesta más, y otros en que ni siquiera te mueves porque la pendiente es demasiado empinada. Se mezcla la tristeza de una parte, con la nostalgia de otra y el miedo de una última. Tristeza de no tener a quien más necesitas, nostalgia de lo vivido, de aquello que puede regresar y de esa despedida definitiva y miedo de alejarse, de decir adiós. Tengo momentos en los que puedo asegurar que nadie me vencería, me siento invencible, capaz. Pero como todo humano también caigo, también me siento vulnerable, también necesito un abrazo, un apoyo. Nunca pensé que cabría tanto en algo tan pequeño como es mi cabeza, pero ya ni eso me importa. Hoy solo existo, no quiero más. El frío invierno me hunde y las fechas que se acercan no ayudan, ni la compañía que tengo o de la que carezco. Se que es algo pasajero, que todo es cuestión de tiempo pero cuando toca pasarlo duele, aunque no me molesta. Es algo incoherente pero es así, me siento muy viva sintiendo esto porque eso solo demuestra que he sido tan feliz, que recordar lo que se fue me hace caer. Sí, caigo, tropiezo y me resbalo, pero ya no es como antes. Antes era un tormento, tenía algo que no me dejaba descansar, un zumbido insoportable que me recordaba cada instante que algo no iba bien, incansable. Ahora tengo la tranquilidad que desde hace tanto necesitaba, sé que las cosas no son en si como desearía pero están tranquilas y están claras y con eso me basta, ya no es sufrimiento ni rabia, en estos instantes tan solo es una tristeza mezclada con un poquito de cada cosa, pero totalmente soportable y lógica. Paso a paso, como siempre, aceptando que habrá días que se hagan difíciles y otros que serán un paseo, pero con la conciencia bien tranquila. Eso me fallaba y ahora sé que eso es lo mejor que me podría haber pasado, tomar las decisiones adecuadas para liberarme a mí misma.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Avanzar. Continuar hacia delante, sin detenerse, sin pensar. Tan solo avanzar, dejar todo atrás, cerrando puertas, sanando heridas. Sin preocupaciones, sin problema alguno, solo caminar como si no hubiese nada más que hacer, nada mejor. Un camino lleno de piedras, si, pero que siempre llega a un lugar agradable, el sueño de todos, la felicidad. Pasa que a veces nos perdemos, cogemos un atajo que en vez de ayudarnos nos equivoca, nos hace flaquear. Senderos que nos muestran nuestros miedos, que nos hacen fallar, que te incitan a retroceder, volver al principio pensando que eso es lo seguro, que actuando de ese modo no sufrirás. Aquel que vuelve nunca terminará la carrera, se encerrará en un bucle sin fin, intentando progresar pero fracasando nuevamente. La travesía que aparentemente puede resultar sencilla nunca lo va a ser, la vida no está hecha de cosas fáciles, eso es lo que primeramente deberíamos asumir: lo que vale la pena, costará su trabajo, porque si simplemente se regalase, se ofreciese, nunca se valoraría como merece, se tendría como algo más sin darle la importancia que en verdad tiene. Por tanto, si pecamos de ingenuos y cometemos el error de fiarnos de esa bella portada, debemos ser lo suficientemente valientes como para enmendar ese error. Todos esos temores que nos acecharán tendrán que ser destruidos o, a lo poco, superados y entendidos. Transformemoslos en nuestros fuertes, de este modo no podrán con nosotros. Y solo así conseguiremos volver al camino principal, a ese que, a pesar de estar lleno de obstáculos, nos ofrece una mano ante las adversidades. No estamos solos en este proceso. Muchos nos ofrecerán ayuda, otros tan solo nos traerán más pruebas, más retos por superar. No abusemos tampoco de la generosidad de los demás porque corremos el peligro de que esta se nos retire, y tal será el chasco que retrocederemos sin darnos cuenta. Pero siempre, aún así, hay que recordar una y otra vez lo siguiente: solo aquellos que dejen la cobardía de lado, que arriesguen y que luchen, lograrán el fin deseado. La vida no está hecha para amilanarse, está hecha para vivirla y disfrutarla. No la desperdiciemos. Es algo que una vez perdido, nunca regresa.

martes, 22 de noviembre de 2016

Momentos de reflexión, de darle vueltas a la cabeza sin remedio. Situaciones en las que uno difícilmente encuentra coherencia en sus pensamientos, en los que es imposible no cavilar, no meditar. El mundo se te cae encima y tu solo luchas por salir a la superficie, buscando una esperanza, un soplo de aire refresco que inunde tus pulmones, que te alivie la tensión acumulada. Y entonces te confundes y no sabes si quieres eso o volver a ahogarte para cerrar tu mente, para cortar el paso al torrente de emociones que se avecina, que amenaza con destruirte. No se si habrá algún tipo de Dios, pero puedo asegurar que tuvo una idea macabra en el momento en que ideo nuestra manera de recapacitar. Quizás es que yo soy rara. Quizás mareo mucho cosas evidentes y simples. Quizás me preocupo demasiado por cosas que no merecen tanta importancia. Quizás es mi miedo personal, ese propio de mi, el que tantos problemas me ocasiona. No se si estoy loca o es el mundo que me rodea el que no está muy lúcido. Es más fácil pensar que es la sociedad que me rodea, pero debo pensar que en verdad, el meollo de la cuestión. el tema central del problema, soy exclusivamente yo. Y aquí estoy, como cada día, buscando soluciones, queriendo sobrellevar el caos de vida que llevo. Me pierdo pensando en todo, pero no me arrepiento. Son estos momentos de vulnerabilidad los que me hacen valorar hasta el más mínimo detalle, los que me hacen darme cuenta de lo feliz que fui antes de perder tantas cosas. Es conocido aquello de que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, y por desgracia la gente de mi alrededor no ha sido una excepción a esa regla. Y no darse cuenta de ello me ha afectado a mi sin quererlo. Como si de algo infeccioso se tratase, contagiando a aquellos que tomaron todas las precauciones posibles. Gente que contamina sin pensar en las consecuencias de sus errores, y que dañan más de lo que piensan. Unos piensan demasiado en los demás y otros piensan demasiado en su propio ego. No es equitativo, no es justo. Ley de vida: darás mucho y no recibirás ni la mitad. La cuestión es seguir, y volver a caer. y volver a salir y repetir el círculo vicioso de siempre. Algún día cambiará. Todo es cuestión de tiempo, todo se basa en superar, olvidar y seguir adelante, Paso a paso, sin pausa pero sin prisa. Y aprendiendo de los errores. Cuantas menos veces tropecemos con la piedra, mejor.